Juan 11:35
Jesús lloró.
No te creas nunca que la vida es color de rosa, que se puede vivir sin sufrimiento, y que existes para ser feliz. Que no te engañe el mundo con sus cuentos de hadas.
No todas las risas son de felicidad, muchos que sonríen, llevan su dolor por dentro, evitan sacarlo tan sólo para no tener que darle explicaciones a los demás, porque no serán comprendidos. Hay tanto egoísmo en nuestras sociedades que vemos de largo el dolor ajeno, pensamos sólo en nosotros, y nos cuesta sensibilizarnos por los demás.
Si alguna vez pensaste que la vida podría ser justa, no te equivoques, despierta de ese sueño, la vida no es justa. No por el momento, mientras exista el pecado en el mundo. La vida no puede ser justa porque el ser humano no sabe cómo vivir. No exijas justicia, mejor ofrece misericordia.
No midas el éxito por tus logros; si llegaste a casa, abrazaste a tu familia, llevaste un bocado a tu estómago, y tienes cama y techo para dormir, eres más que afortunado, pero no seas de los muchos que no agradecen. La verdadera miseria es la falta de gratitud.
La vida es breve, demasiado efímera, tan sutil. Hoy estamos y mañana no sabemos. Por eso, ama hoy, perdona hoy, sonríe hoy, abraza hoy, agradece hoy, sé feliz hoy, sé mejor hoy, acércate a Dios hoy. Y si despiertas mañana, detente por un instante a ver el sol, las nubes, las estrellas, y date cuenta que aún estás en este mundo, que puedes hacer algo para marcar la diferencia, que se te da la oportunidad de disfrutar y de ayudar, de ser, de emprender, de estar.
Haz que tu paso sobre la tierra se note, deja huellas. ¿Cómo te recordarán las personas cuando ya no estés?
La muerte es parte de la vida, por eso suelta el dolor y el miedo que suele causar este momento cuando alguien se nos va. El dolor es una agonía constante, y el miedo paraliza. Tenerle miedo a la muerte no te deja vivir.
Suelta todo, despréndete de todo, no te aferres a nada, que cuando naciste nada venía contigo, y cuando te mueras nada te vas a llevar. Pero quedará lo que hiciste, lo que dijiste; el libro que escribiste, el árbol que plantaste, el abrazo que diste, el bien que hiciste, el recuerdo que dejaste, el ser que fuiste. Suelta lo que estorba, lo que no añade valor, lo que no tienes que cargar. La vida es cuesta arriba, y el exceso de maletas te atrasa llegar hasta el final, te hace difícil la jornada.
Suelta el odio, es un sentimiento que mata primero al que lo posee. Suelta la envida, descubre más bien lo que se te dio y encuentra lo mejor en ti y en los demás. Suelta el miedo a lo que no conoces, la oscuridad es sólo falta de luz, porque donde hay luz se va la oscuridad, así que sé luz. Suelta la amargura, es como guardar espinas en el corazón; y si lo haces, nunca va a sanar. Suelta el pasado, sea bueno, sea malo, es pasado; lo mejor está siempre adelante.
Cree en los milagros, porque tú eres uno de ellos.
No te asustes de que la gente mienta, los que lo hacen le tienen miedo a la verdad. No han descubierto lo maravillosa que es la vida verdadera, la vida intencional. Finalmente son dignos de lástima, porque tienen que recurrir a la mentira para disfrazar sus miedos.
No te aferres a lo material. Un incendio, un terremoto, una inundación se lo lleva todo, pero si conservas la vida puedes volver a empezar.
No culpes a nadie por cómo te sientes, tus sentimientos son una elección tuya. Además buscar culpables es el peor de los afanes, ya que nos hace jueces imperfectos, porque nosotros también dañamos a otros y los hemos hecho sentir mal.
Se te ha dado el regalo de la vida, no la desperdicies. Y si crees que vas por un camino equivocado, hoy es un buen día para volver a empezar. El que tiene al Hijo, a Jesús, tiene la vida (1 Jn. 5:12). Así que puedes empezar de nuevo hoy, con la oportunidad que Dios te da.
Se te ha dado el regalo de la vida, así que vive, corre, sueña, trabaja, lucha, juega, entrena, ríe, canta, camina, danza, salta, abraza, duerme, viaja, estudia, crece, aprende, valora, disfruta, cree,…. y de vez en cuando llora. Permítete llorar.
No está mal si lloras cuando estás triste, tampoco cuando estás alegre. Lloramos en los nacimientos y en las muertes, en las bodas, lloramos cuando sentimos dolor, y también cuando pensamos que hemos fracasado. Ganar o perder, ambas cosas nos hacen llorar. Llora sin miedo, sin pena, porque las lágrimas liberan el alma, el corazón.
Llora si sientes desconsuelo, tristeza, nostalgia. Llora en compañía o sólo, pero llora, si tienes que llorar. Las lágrimas son un lenguaje especial del alma, que sólo Dios puede interpretar. No me refiero a las lágrimas fingidas, o aquellas hechas para tratar de convencer a otros, sino a las genuinas, las de verdad. Llora con esperanza, porque aunque no lo creas, nunca llorarás en soledad; Dios ha visto todas tus lágrimas, y siempre estará contigo. Dios promete una vida gloriosa sin sufrimiento después de todas las cosas, como recompensa de una vida justa y santa delante de Él (Ap. 21:4).
Juan 11:35 no sólo es el versículo mas pequeño del Nuevo Testamento, sino que justamente habla de una acción que realizó Jesús delante de mucha gente en un momento muy particular. ¿Lloró de ver a una multitud incrédula, apática del dolor ajeno, enjuiciadora y superficial? ¿Lloró por la tristeza de Martha y de María, que incluso le reclaman porque no estuvo ahí antes de que muriera Lázaro? ¿Lloró porque amaba a Lázaro, y le dolía que hubiese muerto? Tal vez no lloró por ninguna de estas causas, o quizá por todas ellas, lo cierto es que Jesús lloró. No lloró cuando Su familia lo menospreció y no creyeron en Él, no lloró cuando fue expulsado del Templo, no lloró cuando le criticaron de blasfemo, y tampoco lloró en la cruz. Pero lloró, mostrando que las lágrimas también son parte de la vida.
Regálate un momento de libertad, y toma tiempo para llorar a solas con Dios. Pensarás que estoy equivocada, que a Dios sólo se le ora y se le canta, y que no se le llora, pero si lo haces te darás cuenta que aveces las lágrimas pueden ser tu mejor oración, tanto de gratitud, como de comunión, así tengas un milagro para pedir, o sólo necesites sanar tu corazón. ¿No me crees? Sólo inténtalo, y me cuentas después lo que pasa, que en caso de perder, sólo te harían falta unas cuántas lágrimas derramadas en vano, pero en caso de ganar, podrás sentir la mismísima presencia de Dios.