Salmos 150:6

Todo lo que respira alabe a JAH.
Aleluya.

El rey David compuso muchos salmos que quedaron registrados en la Biblia y que revelan muchos misterios de la creación y de los hechos poderosos de Dios. Uno de estos misterios es la razón misma de la existencia del ser humano. Fuimos creados para adorar a Dios. Hay plenitud y satisfacción cuando encontramos ese modo de comunión con el Ser Supremo a quien le atribuimos el existir y todas las cosas buenas que tenemos a las que llamamos bendiciones. Se trata de reconocer a Aquel que tiene el control de todo, al cual todas las fuerzas naturales se sujetan. En el mundo existen muchas religiones de las cuales yo no sé mucho, pero encuentro cierto y por eso lo digo, que desde que descubrí que existo para adorar a Dios mi vida tiene mucho más sentido.

En todas las culturas de todos los tiempo el ser humano ha encontrado plenitud y realización adorando, porque la adoración es parte de nuestro ser. El ser humano ha adorado al sol, a la luna, a los montes, a los animales, a imágenes de piedra, oro, plata, madera o bronce, al dinero, a la música, a Satanás, e incluso a sí mismo. Pero ningunos de estos receptores de la adoración son los correctos, porque sólo hay un Ser Supremo, que es Todopoderoso: Dios. Él nos hizo y no nosotros a nosotros mismos, y menos a Él.

El libro del Génesis narra en sus primeros capítulos que cuando Dios terminó de crear todo lo que hay en la tierra y en el agua, formó barro e hizo al ser humano. Todas las demás cosas Dios las hizo por medio de Su Palabra, dando órdenes a la tierra y al agua, para que produzca todas las cosas. Pero al ser humano lo hizo de forma especial y lo puso en medio del Huerto para que disfrutara de todo lo que había ahí. Dios creó al ser humano a Su imagen y semejanza para establecer una relación directa con él, para conocer y ser conocido de Dios. Muy temprano, sin haber solicitud en el medio, el ser humano descubrió que debía adorar a Dios. Dos jóvenes llamados Caín y Abel ofrecieron sacrificios a Dios, para adorarle. El primero le ofreció de los frutos de la tierra porque era agricultor, el segundo le ofreció un cordero.

En la Biblia encontraremos muchas formas de adoración que las personas practicaron para alabar a Dios: entonaban cantos, tocaban instrumentos, danzaban, ofrecían sacrificios de animales, se postraban en tierra, ayunaban, gritaban, etc.

La Palabra declara que Dios es celoso, y que ordena que solamente a Él se le adore. Dios no comparte su adoración con nadie y demanda de los suyos que cuiden de no olvidar este mandamiento. Con facilidad podríamos ser tentados a adorar otra cosa que no sea Dios, y la evidencia de ello es cuanto dedicamos de nuestro tiempo y dinero en otra cosa que no tenga nada que ver con Dios. Adorar es dar reverencia, alabanza y exaltación. Es estimar lo adorado superior a cualquier otra cosa.

En el capítulo cuatro del evangelio según San Juan, el Señor Jesucristo entabla una conversación con una mujer samaritana a la orilla de un pozo; es a la primera persona a quien el Señor Jesucristo se le presenta como el mesías profetizado desde tiempo atrás. El tema central de conversación es acerca de la adoración. Judíos y samaritanos no se hablaban porque eran enemigos y tenían practicas distintas en cuanto a su adoración a Dios. Pero el Señor Jesucristo le declara a la mujer samaritana que Dios busca adoradores que le adoren en espíritu y en verdad. Es interesante que el Señor Jesucristo diga esto, que Dios busca, es Dios mismo buscando adoradores, buscando aquellos que hagan lo que se suponen que deben hacer, porque ciertamente hay mucho desvío sobre esto, ya que una de las cosas más descuidadas en la vida de las personas es su adoración a Dios. Entiéndase que hablo exclusivamente de las personas que dicen creer en Dios.

Dios merece ser alabado, y el ingrediente perfecto de la adoración es la santidad. Así lo declara en Salmo 96 en el versículo 9. La santidad es algo hermoso. Ser santo es ser apartado para Dios. No significa ir a vivir a un lugar apartado y solitario, sino vivir con la plena conciencia de la existencia de Dios, y con el firme propósito de que todo lo que hacemos lo hacemos como si fiera para Él. Sabemos que no somos perfectos, pero los santos reconocen sus fallas y trabajan arduamente por corregirlas, entendiendo que eso agrada a Dios.

El Salmo 150 invita a todo ser humano en especial y a toda la creación en general a alabar al Señor por sus poderosos hechos. Detenerme a meditar en todo lo que ha hecho Dios en mi vida hace que espontáneamente le adore con palabras de gratitud, con un cántico, con el deseo en mi corazón de hacer algo que le agrade. Puedo dar adoración a Dios haciendo buenas obras, siendo una persona justa, integra, honesta, responsable. Adoro a Dios cuando cumplo Sus mandamientos. Adoro a Dios cuando me reúno con otros creyentes para orar y entonar alabanzas. Adoro a Dios con cada oración privada y con cada pensamiento que reconoce Su divina intervención en mi vida.

Vivir para adorar a Dios no es vivir encerrados en el templo, o sólo cantando, esto no serviría si nos olvidamos de todo lo demás que Él nos pide por medio de Su Palabra. La mejor forma de adoración es la obediencia.

Te invito a que estudies la Palabra de Dios y descubras Su voluntad para tu vida. A medida en que cumplas con la voluntad de Dios le estás dando una adoración cada vez más perfecta.